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5 errores que cometemos cuando intentamos reducir el estrés

5 errores que cometemos cuando intentamos reducir el estrés (y porqué a veces conseguimos justo lo contrario)

Hace justo un año mi cuerpo me obligó a parar. Durante mucho tiempo pensé que simplemente estaba cansada, que solo necesitaba parar y descansar. Como hacemos muchas personas, seguía adelante convencida de que podía con todo. Con miles de tareas y cientos de preocupaciones intentaba llegar a todo y me repetía constantemente que ya descansaría más adelante.

Pero el cuerpo tiene una forma muy particular de avisarnos cuando llevamos demasiado tiempo ignorando sus señales. En mi caso, primero me rompí el sóleo de la pierna, y me lo tomé como un descanso temporal, pero sin cambiar hábitos, solo «descansar» del trabajo, pero las tareas y las preocupaciones seguían ahí, y a las pocas semanas, llegó una trombosis venosa grave que me afectó y paralizó toda la pierna entera. Los médicos han estudiado todas las posibles causas, y finalmente, el estrés mantenido en el tiempo apareció como uno de los factores que mejor explicaban lo que había ocurrido.

Aquel día comprendí algo que nunca olvidaré: el estrés no solo afecta al estado de ánimo. También puede afectar profundamente a nuestra salud física. Desde entonces he dedicado mucho tiempo a estudiar como funciona nuestro sistema nervioso y a entender que ocurre dentro de nuestro organismo cuando vivimos durante meses, e incluso años, en un estado constante de alerta.

Porque la mayoría de las personas creen que el estrés consiste únicamente en sentirse nervioso. Sin embargo, el verdadero problema aparece cuando el cerebro interpreta que existe una amenaza y activa lo que conocemos como «modo supervivencia«. Cuando eso sucede, nuestro organismo comienza a fabricar una mayor cantidad de cortisol y adrenalina. Estas hormonas son imprescindibles para nuestra supervivencia. Gracias a ellas nuestros antepasados podían reaccionar rápidamente ante un peligro real, como escapar de un animal salvaje o proteger a su familia.

El problema es que nuestro cerebro no distingue demasiado bien entre un león y una preocupación constante. Para él, una discusión familiar, un problema económico, una situación laboral complicada, una enfermedad, el cuidado continuo de un familiar o vivir con ansiedad durante meses pueden interpretarse como amenazas igual de importantes. Y entonces hace exactamente lo mismo: activa el «modo supervivencia«.

Mientras ese mecanismo permanece activo, el cuerpo deja de considerar prioritarias otras funciones. La digestión se vuelve más lenta, el descanso pierde calidad, el sistema inmunitario puede debilitarse, aumenta la tensión muscular, el corazón trabaja con mayor intensidad y el metabolismo comienza a adaptarse a una situación que cree que será temporal.

El cortisol también influye directamente sobre nuestra mente. Nos cuesta más concentrarnos, olvidamos cosas con facilidad, reaccionamos con más intensidad ante pequeños problemas y tenemos la sensación de no poder desconectar nunca. Incluso cuando aparentemente descansamos, nuestra cabeza continúa funcionando como si siguiera existiendo una amenaza. Y aquí aparece uno de los grandes problemas, el cuerpo está preparado para soportar momentos puntuales de estrés, pero no para permanecer durante meses o años viviendo como si estuviera intentando sobrevivir todos los días. Con el paso del tiempo, ese exceso continuado de cortisol, puede afectar al sueño, favorecer procesos inflamatorios, alterar la regulación del azúcar en sangre, aumentar la sensación de agotamiento, dificultar la recuperación física y hacer que cada vez resulte más complicado salir de ese círculo. Es como si el organismo olvidara cómo volver al estado «calma«.

Curiosamente, muchas personas descubren que esto se hace especialmente evidente cuando llegan las vacaciones de verano. Parece una contradicción, pero tiene su explicación. Después de muchos meses funcionando con horarios rígidos, responsabilidades y una rutina completamente establecida, llega el verano y todo cambia. Dormimos a otra hora, comemos diferente, desaparecen algunas obligaciones, hace más calor y nuestra rutina deja de existir. Lo que para nuestra mente parece descanso, para un sistema nervioso que lleva demasiado tiempo viviendo en alerta puede convertirse en un cambio inesperado que también necesita gestionar.

Por eso muchas personas se sienten más irritables durante los primeros días de vacaciones, aparecen dolores físicos, les cuesta descansar o incluso sienten más ansiedad precisamente cuando ya «no deberían tenerla». No significa que el verano sea malo. Significa que el cuerpo necesita aprender nuevamente a sentirse seguro.

A lo largo de este último año he descubierto que existen algunos errores que casi todos cometemos cuando intentamos reducir el estrés:

  • El primero es pensar que descansar consiste únicamente en dormir más horas. El descanso verdadero implica darle al sistema nervioso momentos reales de seguridad, de calma y de recuperación.
  • Esperar a encontrarnos completamente desbordados para empezar a cuidarnos. Solemos posponer nuestro bienestar hasta que el cuerpo prácticamente nos obliga a detenernos.
  • También es habitual intentar llenar las vacaciones de actividades pensando que así aprovecharemos mejor el tiempo. Sin darnos cuenta sustituimos unas obligaciones por otras y seguimos sin permitir que nuestro organismo reduzca ese estado permanente de alerta.
  • Otro de los errores consiste en normalizar vivir acelerados. Decimos frases como «no me da la vida», «estoy estresado/a», «no me agobies más», «no puedo estar quieto/a», cuando en realidad muchas veces lo que ocurre es que hemos olvidado como se siente un cuerpo verdaderamente relajado.
  • Y por último, solemos buscar soluciones rápidas sin aprender a escuchar lo que el cuerpo necesita decirnos. No existe una herramienta mágica que elimine el estrés de un día para otro, pero sí existen pequeños hábitos que, mantenidos en el tiempo, ayudan a que el sistema nervioso vuelva poco a poco a recuperar el equilibrio.

No existe una única herramienta capaz de reducir el estrés por si sola. Lo que realmente marca la diferencia es aprender a crear pequeños espacios de seguridad para nuestro sistema nervioso. Las respiraciones profundas, la meditación, los momentos de silencio, el contacto con la naturaleza, el descanso consciente e incluso dedicar unos minutos a una actividad que nos haga sentir bien, son pequeñas acciones que repetidas en el tiempo, ayudan al cuerpo a salir poco a poco del modo supervivencia.

En este camino, los aceites esenciales pueden convertirse en grandes aliados. No hacen desaparecer los problemas ni sustituyen un tratamiento cuando es necesario, pero utilizados correctamente pueden acompañar esos momentos de pausa, favorecer la relajación y ayudarnos a crear rituales de autocuidado que nuestro cerebro termina asociando con la calma y la seguridad.

Si te reconoces en alguna de estas situaciones…

  • Te cuesta desconectar incluso cuando tienes tiempo libre.
  • Sientes que tu cabeza nunca deja de pensar.
  • Te despiertas cansado/a aunque hayas dormido.
  • Vives con la sensación constante de ir con prisas.
  • Hace tiempo que sientes que funcionas en «piloto automático».

…quizás haya llegado el momento de aprender nuevas herramientas antes de que el cuerpo sea quien vuelva a pedirte que pares.

Hace un año la vida me enseñó una lección que jamás habría querido aprender de esa manera. Hoy intento transformar esta experiencia en conocimiento para que otras personas puedan escuchar las primeras señales de su cuerpo mucho antes de que tenga que gritar para ser escuchado.

En mi taller Gestión del estrés con aceites esenciales no solo aprenderás a utilizar los aceites esenciales de forma segura y eficaz. También descubrirás como integrarlos con respiraciones conscientes, pequeñas prácticas de meditación y otros recursos sencillos que pueden ayudarte a crear una rutina de bienestar adaptada a tu día a día. Porque gestionar el estrés no consiste en añadir una obligación más a la agenda, sino en aprender a cuidar de nuestro sistema nervioso con herramientas que realmente podamos mantener en el tiempo.

TALLER

«No podemos evitar que aparezcan momentos de estrés en nuestra vida, pero sí podemos enseñar a nuestro cuerpo que no tiene porque vivir permanentemente preparado para la batalla».

Con amor y mucha purpurina,

Yolanda

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